“Yo no tengo una canción desesperada” me dije aquel día después de decir lo contrario en lugar del que la cantó hondo y para siempre.
Era un atardecer gris y turbio que se hizo blanco por el aro de luz que lo envolvía porque no hay dudas de que los otros, los todos que allí estaban lo habían aureolado.
Yo estaba allí porque me habían dicho: “ Tenés que decirlo, tenés que vestir tu voz con la canción del grande, el que cruzó las orillas de las montañas para que aquí consagraran su verso, y fue el primero”. Y sin embargo, yo me dije después de las palmas como truenos: “yo no tengo una canción desesperada”, y su canción se me murió por dentro mientras mis miradas recorrían la antipoesía de su rostro, la tosquedad de su cuerpo, la opacidad cadenciosa de esa voz, su voz.
A pesar de, yo estaba allí, a expensas de la voluntad que vivía más allá de la piel y más acá de mis otros tiempos que, sin quererlo, se dibujaban jugando en los ojos atentos, en las bocas cerradas apretadamente para que hasta lo inaudible les llegara y pudieran amasarlo en sus oídos.
Es que yo no quería, pero tuve que recorrer su canción desesperada, tuve que hacer de cuenta de que yo también había escrito los versos más tristes esa noche porque así era el mandato, aunque él, el otro él, estaba conmigo, aunque no podía entender qué pasaba con el grande, tan grandote y feo, tan tosco y rudo, tan antipoético. Pero seguí metida en la piel de sus palabras, seguí diciendo como si fuera él, seguí hasta el final de su final hasta sentir su abrazo y su “¡gracias!”, hasta sentir que debía creer en que mi voz no era prestada, no era aquella cosa que salía del refugio para recorrer su camino como si fuera el mío, como si fuera la transferencia de su estar en el territorio oscuro de no querer saber que él, el grande, era el vocero de las experiencias del mundo.
Y me fui. Pero me fui tanteando pasillos de paredes brillantes, de paredes repletas de palabras, de palabras sostenidas y apretadas unas contra otras, todas llenas de permanencias y promesas, de deseos, de invitaciones, de ganas de que mis manos, mis ojos, mis oídos, mi boca y toda yo, se apoderara de ellas, las absorbiera, las cultivara, las peleara y al fin las aceptara y para siempre. Y me quedé. Y me detuve en cada pared, en cada estante, en cada lomo, y estiré mis manos y fueron uno, dos, tres, seis los que mis brazos pudieron abarcar y fueron uno a uno los que mis ojos pudieron recorrer, los que mis sentidos pudieron percibir, los que mis pensamientos pudieron asimilar, los que mis sentimientos pudieron disfrutar.
Una especial distancia me separó del grande. Una especial canción recorrió todas las yemas de mi cuerpo como si todas mis formas fueran manos que buscaran la salida.
El Ateneo siguió aferrado a la florida ruta permanentemente rumorosa y continúa siendo imán de memorias. Medio siglo de mi decir NO a la canción desesperada. Medio siglo ganado a la distancia.
Kelly Gavinoser (copyright, 2004)
jueves, 17 de diciembre de 2009
CINCO DEDOS (del libro "El tiempo suspendido")
Juliana sabía que tenía cinco, nada menos que cinco dedos apresando esa cosa rígida y violenta que oprimía el blanco liso de la hoja atribulada y vacía de sesudos rompecabezas para buscadores de ocios.
Decidió entonces que curiosear lo que pasaba entre silencio y silencio era un motivo suficientemente elocuente como para que pasara por alto la estúpida ausencia de novedades y así podría hacer desaparecer la gente que tanto la molestaba a diario y le cortaba lo tantas veces comenzado.
A las 5 y 10 de esa tarde sin vientos salió a patear tachos de basura llenos de hojarascas abandonadas que se disolvieron en la nada del olvido de ser árboles sedientos y siguió.
Andrés se le cruzó en el camino a la estación pedregosa y húmeda y un “Buenas tardes” alegre la obligó a caer en la cuenta de que si no se apuraba perdería el tren de las 6. Le contestó con un ligero “¡Hola!” y se le colgó del brazo porque, evidentemente, apoyada en él, llegaría más rápido y porque no sabía cómo, es cierto, no sabía cómo, no podía visualizar sus zapatos. Sus piernas se perdían en un caminar sin sostén, sin suelo posible.
Un despertador de hojalata se asomó por la ventana de una casa baja, apenas insinuada sobre la calle perpendicular a la estación.
Seis menos ... menos nada ... porque se convirtió en niebla fraudulenta y quisquillosa.
Sus pies sin soportes se movieron autómatas y Andrés, que le decía que desandara los charcos que se hacían rocío y humo a medida que las cuentas del tiempo acortaban las distancias hasta el tren que la desapegaría del no contacto con los silencios del mundo.
Un mate amargo creció desmesuradamente ante sus ojos desvestidos y explotó en un aire pesado y cierto hasta hacerse de transparencias atravesables por los cinco dedos que ahora se extenderán cuando dejen esa cosa rígida y violenta porque algo habrán hecho.
Kelly Gavinoser (copyright, 2004)
Decidió entonces que curiosear lo que pasaba entre silencio y silencio era un motivo suficientemente elocuente como para que pasara por alto la estúpida ausencia de novedades y así podría hacer desaparecer la gente que tanto la molestaba a diario y le cortaba lo tantas veces comenzado.
A las 5 y 10 de esa tarde sin vientos salió a patear tachos de basura llenos de hojarascas abandonadas que se disolvieron en la nada del olvido de ser árboles sedientos y siguió.
Andrés se le cruzó en el camino a la estación pedregosa y húmeda y un “Buenas tardes” alegre la obligó a caer en la cuenta de que si no se apuraba perdería el tren de las 6. Le contestó con un ligero “¡Hola!” y se le colgó del brazo porque, evidentemente, apoyada en él, llegaría más rápido y porque no sabía cómo, es cierto, no sabía cómo, no podía visualizar sus zapatos. Sus piernas se perdían en un caminar sin sostén, sin suelo posible.
Un despertador de hojalata se asomó por la ventana de una casa baja, apenas insinuada sobre la calle perpendicular a la estación.
Seis menos ... menos nada ... porque se convirtió en niebla fraudulenta y quisquillosa.
Sus pies sin soportes se movieron autómatas y Andrés, que le decía que desandara los charcos que se hacían rocío y humo a medida que las cuentas del tiempo acortaban las distancias hasta el tren que la desapegaría del no contacto con los silencios del mundo.
Un mate amargo creció desmesuradamente ante sus ojos desvestidos y explotó en un aire pesado y cierto hasta hacerse de transparencias atravesables por los cinco dedos que ahora se extenderán cuando dejen esa cosa rígida y violenta porque algo habrán hecho.
Kelly Gavinoser (copyright, 2004)
CARTA-RESPUESTA A UN POETA EN CIERNES
Preciado amigo:
Me preguntas cuál es mi poética. Yo te diré cómo se nombra, y si nombro, ES.
Se llama sangre con ritmo, pero con ritmo discontinuo.
¿Por qué? Porque es el pulso de este tiempo que se llama destiempo que se busca a sí mismo y apenas balbuceado. Se extiende y se corta, se encabalga y se enrosca en la reiteración incisiva de la anáfora-obsesión, en la sonoridad vocálica que chirría y se abre, que chirría y se cierra, que bosteza y se asombra. Se arrastra rehilante en la líquida múltiple y en la otra se afina tu cuerda, mi cuerda. Y se hace síntesis y soplo, sugerencia nimbada, interior de almendra y de nuez cascada, y perfume de jazmín dama de noche aromando el oroviento de la memoria.
¿Por qué? Porque es también silencios-espacios discontinuos que se aquietan reduciendo el “digo” –para que los sientas–, que se llenan y cubren un tonel de blancos –para que te inquietes–, que juegan creando voces verticales u otras en círculos o como arbolados triángulos, u otras muchas más antiguas, pero –oh, paradoja– como insignificativos edificios angostos y parejos –para que te aburras.
Porque –¿sabes?– el espacio significa y mucho, tantas veces más que el “digo” y, tantas otras, continúa la música del “digo”: esa cuerda que sigue vibrando entre palabras, ese oxímoron inefable del silencio sonoro.
Quieres saber cuál es mi poética.
Te respondo que no es sólo sustantiva: no es sólo nombrar palabras como objetos, aun caros, aun sagrados, aun extrañados –desde esa distancia irremediable del extrañamiento–, aun amados, aun repudiados, aun abstraídos de la vida o de la muerte, de lo real real o de lo supuesto o visionado.
Mi poética es también adjetiva, aunque mate, aunque no dé vida. Porque responde a la necesidad de la añadidura, de la agregación, de la estela por sobre la que se desliza lo que es prolongación del aliento que necesita hacerse visible en los espejos de las bocas-palabras, ese aliento que necesita empañarlos para ser corpóreo, vivo.
Mi poética es también adverbial porque es espacio-tiempo –discontinuo–, porque es causa y es fin, y es instrumento y es compañía: la tuya.
Por esto mi poética es también verbal: porque es estado y es esencia y es sangre, esta que me corre y recorre dentro de este pulso –discontinuo– que juega a ser palabra.
Kelly Gavinoser
¿....................?
Si supiera qué es la poesía
rompería la caja de sorpresas
que desvela mis horas nocturnales.
Una suerte de volar rasante
ataca a veces el nudo de mi verso
y lloro en el misterio de la ausencia
por la elipsis que vacía mi universo.
Muchas veces la palabra enana
se desliza de mi yo expectante
y aunque la castigue entre mis labios
surge pobre, niña, vacilante.
Otras tantas resisto la carencia
descasillando la voz reiterativa
y la enredo persistente entre los tiempos
que entreteje mi lámpara votiva.
Juega la tradición al fin del verso.
Me divierto en probar como éste rima.
Atrapa el significante la cadencia
y deja insistente que lo oprima.
Y el juego me reimplanta en el recuerdo,
de tanto poeta-palabra y hecho historia.
Si supiera qué es la poesía
Rompería el canal de la memoria.
Kelly Gavinoser
Me preguntas cuál es mi poética. Yo te diré cómo se nombra, y si nombro, ES.
Se llama sangre con ritmo, pero con ritmo discontinuo.
¿Por qué? Porque es el pulso de este tiempo que se llama destiempo que se busca a sí mismo y apenas balbuceado. Se extiende y se corta, se encabalga y se enrosca en la reiteración incisiva de la anáfora-obsesión, en la sonoridad vocálica que chirría y se abre, que chirría y se cierra, que bosteza y se asombra. Se arrastra rehilante en la líquida múltiple y en la otra se afina tu cuerda, mi cuerda. Y se hace síntesis y soplo, sugerencia nimbada, interior de almendra y de nuez cascada, y perfume de jazmín dama de noche aromando el oroviento de la memoria.
¿Por qué? Porque es también silencios-espacios discontinuos que se aquietan reduciendo el “digo” –para que los sientas–, que se llenan y cubren un tonel de blancos –para que te inquietes–, que juegan creando voces verticales u otras en círculos o como arbolados triángulos, u otras muchas más antiguas, pero –oh, paradoja– como insignificativos edificios angostos y parejos –para que te aburras.
Porque –¿sabes?– el espacio significa y mucho, tantas veces más que el “digo” y, tantas otras, continúa la música del “digo”: esa cuerda que sigue vibrando entre palabras, ese oxímoron inefable del silencio sonoro.
Quieres saber cuál es mi poética.
Te respondo que no es sólo sustantiva: no es sólo nombrar palabras como objetos, aun caros, aun sagrados, aun extrañados –desde esa distancia irremediable del extrañamiento–, aun amados, aun repudiados, aun abstraídos de la vida o de la muerte, de lo real real o de lo supuesto o visionado.
Mi poética es también adjetiva, aunque mate, aunque no dé vida. Porque responde a la necesidad de la añadidura, de la agregación, de la estela por sobre la que se desliza lo que es prolongación del aliento que necesita hacerse visible en los espejos de las bocas-palabras, ese aliento que necesita empañarlos para ser corpóreo, vivo.
Mi poética es también adverbial porque es espacio-tiempo –discontinuo–, porque es causa y es fin, y es instrumento y es compañía: la tuya.
Por esto mi poética es también verbal: porque es estado y es esencia y es sangre, esta que me corre y recorre dentro de este pulso –discontinuo– que juega a ser palabra.
Kelly Gavinoser
¿....................?
Si supiera qué es la poesía
rompería la caja de sorpresas
que desvela mis horas nocturnales.
Una suerte de volar rasante
ataca a veces el nudo de mi verso
y lloro en el misterio de la ausencia
por la elipsis que vacía mi universo.
Muchas veces la palabra enana
se desliza de mi yo expectante
y aunque la castigue entre mis labios
surge pobre, niña, vacilante.
Otras tantas resisto la carencia
descasillando la voz reiterativa
y la enredo persistente entre los tiempos
que entreteje mi lámpara votiva.
Juega la tradición al fin del verso.
Me divierto en probar como éste rima.
Atrapa el significante la cadencia
y deja insistente que lo oprima.
Y el juego me reimplanta en el recuerdo,
de tanto poeta-palabra y hecho historia.
Si supiera qué es la poesía
Rompería el canal de la memoria.
Kelly Gavinoser
domingo, 13 de diciembre de 2009
Metapoema II de Kelly Gavinoser (copyright, 2009)
No hay poema sin realidad transpuesta
sin lenguaje anclado en los acentos
que caen en el preciso centro del instante
palabra
palabra que viste sus espacios-tiempos
y guiños-formas
y colores y capullos
y alas y nubes
claroscuros
pausas y ornas
de la voz
hecha símbolo y metáfora
y,
tal vez,
perpetua alegoría del silencio.
sin lenguaje anclado en los acentos
que caen en el preciso centro del instante
palabra
palabra que viste sus espacios-tiempos
y guiños-formas
y colores y capullos
y alas y nubes
claroscuros
pausas y ornas
de la voz
hecha símbolo y metáfora
y,
tal vez,
perpetua alegoría del silencio.
Metapoema (poema de Kelly Gavinoser, copyright, 2009)
El poema
aventura del destiempo
apenas un rayo huérfano del haz
un reflejo desvaído
coloquio murmúreo
emigrante de la primeridad del balbuceo inevitable
y de la inicial bocanada de algo así como medio patrón de espacio-carne
El poema
aventura de un corte y una pausa
en la distancia blanca
de programas márgenes
un intento de abreviación inquieta que aspira al liderazgo de las semi-palabras
un antijurídico emblema que se arma y desarma entre acentos y sonidos
que ondean y desgranan
en las
r
a
m
p
a
s (que descienden de aceras a calles poco transitadas
por voces inusadas)
El poema
buscador de centros inhallados
atisbador de todo cielo pleno
que aquel grande hambreó en la "unánime noche"
y llenó con la nocturnidad de palabras-soles más allá
mucho más allá
del ver desde el abajo el arriba eterno
más allá
de la primera grafía de ese "el (aleph")
El poema
esa magnitud del nombre
ARTE POÉTICA II (cf. en Poética Impar, "Arte poética I")
aventura del destiempo
apenas un rayo huérfano del haz
un reflejo desvaído
coloquio murmúreo
emigrante de la primeridad del balbuceo inevitable
y de la inicial bocanada de algo así como medio patrón de espacio-carne
El poema
aventura de un corte y una pausa
en la distancia blanca
de programas márgenes
un intento de abreviación inquieta que aspira al liderazgo de las semi-palabras
un antijurídico emblema que se arma y desarma entre acentos y sonidos
que ondean y desgranan
en las
r
a
m
p
a
s (que descienden de aceras a calles poco transitadas
por voces inusadas)
El poema
buscador de centros inhallados
atisbador de todo cielo pleno
que aquel grande hambreó en la "unánime noche"
y llenó con la nocturnidad de palabras-soles más allá
mucho más allá
del ver desde el abajo el arriba eterno
más allá
de la primera grafía de ese "el (aleph")
El poema
esa magnitud del nombre
ARTE POÉTICA II (cf. en Poética Impar, "Arte poética I")
martes, 19 de mayo de 2009
Taller de Escritura de Kelly Gavinoser
Borraduras
Ritmos y contrarritmos
Fronteras y deslindes
Teléfono: 4582-4854
kellygavin@2vias.com.ar
Prof. Kelly Gavinoser
Ritmos y contrarritmos
Fronteras y deslindes
Teléfono: 4582-4854
kellygavin@2vias.com.ar
Prof. Kelly Gavinoser
martes, 12 de mayo de 2009
Poema de Kelly Gavinoser (copyright, 2009)
Dije 3
y hubo toc + toc + toc
contra aldabas de puertas-cuentos-maravillas.
Dije 7
y hubo más de 7 “ “ “ “
en el mapa espacial
tiempo distante.
Dije 1
y Él dijo su nombre
y el mío
y me señaló el sendero
hacia el 1
la siempre maravilla.
y hubo toc + toc + toc
contra aldabas de puertas-cuentos-maravillas.
Dije 7
y hubo más de 7 “ “ “ “
en el mapa espacial
tiempo distante.
Dije 1
y Él dijo su nombre
y el mío
y me señaló el sendero
hacia el 1
la siempre maravilla.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)